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Maternidad

Llegó el fin del colecho… y yo no estaba lista

Acaba de ocurrir lo que podría ser el fin del colecho en nuestra casa. Y aunque sabía que algún día llegaría… me di cuenta que yo no estaba lista. Al menos no para que éste ocurriera así, tan rápido y de un día para otro. Supongo así suelen ser en ocasiones los cambios.

Hace casi dos meses te había contado que aunque jamás pensé en hacerlo, ahora era fan del colecho. También te había contado que Lucía, mi Little Monster, nos había dicho -semidormida y de una manera súper tierna- que le encantaba dormir con nosotros.

Ya habíamos pensando en alguna ocasión que quizás ella deseaba tener su propio espacio para descansar. La primera vez que esto cruzó mi mente fue hace unos 3 o 4 meses, en una ocasión en la que habíamos ido de visita a casa de mi mamá, y al despedirse Lucía le dijo a su abuela que quería que le comprara una camita para que ella se quedara a dormir. Nos pareció tierno su comentario pero no le dimos más vueltas.

Ahora, la cama de Lucía siempre la hemos tenido. Resulta que la cuna que compramos cuando ella era bebé (sí, esa que nunca usamos y que ahora guardaba los muñecos de peluche) es una que va creciendo con el niño, convirtiéndose en una camita para que duerman en ella cuando dejan de ser bebés. Pero como hacíamos colecho, ni nos acordábamos de ese detalle acerca de su adaptabilidad.

Este pasado fin de semana, cambiamos de sala, así que hicimos algunos movimientos con los muebles en casa. Teníamos tiempo queriendo convertir nuestro antigua recámara en la planta baja en un cuarto de juegos. Aprovechando el cambio de sillones, decidimos que debíamos dejar de postergarlo. Pero para hacerlo, teníamos que sacar la cuna de ahí, ese rincón donde ha pasado los últimos tres años como la cárcel de los peluches.

¿Qué hacíamos con ella ahora? ¿Dónde la pondríamos? Recordamos que podíamos convertirla en cama y eso nos puso a pensar que quizás Lucía querría algún día en el futuro cercano dormir en ella y así no la desaprovechábamos (que nos costó bastante y además es muy linda). Entonces decidimos que la moveríamos a nuestra habitación en el piso de arriba y la pondríamos ahí para el día en que Lucía deseara dormir en ella.

Nuestra idea (o la mía, al menos) era que poco a poco ella fuera familiarizándose con su nueva cama, que la decorara con las cosas que a ella le gustaran y que eventualmente durmiera en ella. El sábado por la tarde hicimos la transformación cuna-a-cama y se la mostramos. Su reacción fue temerosa al principio pero después estaba emocionada porque era de ella.

Hoy domingo, hicimos los cambios. Subimos su nueva cama a nuestra habitación y ella estaba con una enorme sonrisa  a causa de la emoción. La llenó con sus muñecos de peluche y sus almohadas favoritas. Era literalmente una niña con juguete nuevo.

Se veía emocionada, pero en mi mente pensé que al llegar la hora de dormir, querría seguir con nosotros, pues nunca ha dormido sola. Suponía que quizás haría el intento por dormirse ahí pero al final regresaría a nuestra cama. Sé que los cambios grandes deben ser graduales y paso a pasito para que los niños no los resientan. El fin del colecho debía ser igual.

Pero Lucía no es cualquier niña. Es confiada, fuerte y segura, tres cualidades que admiro mucho en ella.

Llegó la hora de dormir y yo tenía que bajar a terminar unos pendientes del trabajo que no había podido hacer durante el día, por todo eso del cambio y reacomodo de muebles. Así que papá millennial fue el encargado esta noche de llevar a Lucía a dormir. Le pusimos el pijama y se acostó en su camita nueva, tal y como había dicho temprano. Le di un beso de buenas noches y bajé a trabajar. Pero resultó que lo que yo pensaba que pasaría eventualmente, pasó hoy mismo. Lucía sí se durmió en su camita nueva.

Y entonces, me di cuenta que quien no estaba lista, era yo. Me di cuenta que la persona que necesitaba hacerlo poco a poco, para no sentir el cambio de golpe, no era ella, era yo. Me di cuenta que yo aún veía el fin del colecho como algo lejano. Y las lágrimas comenzaron a desbordarse de mis ojos.

No estaba lista. No estoy lista. ¿Conoces ese sentimiento, en el que sabes que las cosas pasaran algún día, pero que cuando por fin ocurren te das cuenta que no lo esperabas tan pronto? Así es justo como me siento. Sabía que algún día dejaríamos de colechar, pero cuando por fin llegó… resultó que aún necesitaba más tiempo.

Adoro ver crecer a mi hija, ver cómo aprende por sí sola y comienza a hacer cosas. Es sin duda uno de los sentimiento más bellos de ser madre. Siente cómo se te hincha el pecho del orgullo y el corazón se te desborda del amor por tus hijos.

Pero también duele. Duele verlos crecer y alejarse cada día un poquito más de ti. Sé que es parte de la maternidad, sé que todos vamos haciendo nuestro camino y debemos tomar nuestras decisiones. Sé que como madres también debemos aprender grandes lecciones, como aprender a soltar. Pero aún así duele.

Porque quizás los cargamos nueve meses en nuestro vientre, pero les llevamos toda la vida en el corazón.

Quizás hoy haya sido el fin del colecho, quizás no. Sea como sea, en nuestra cama siempre habrá lugar para nuestra pequeña Lucía.

Foto Niña durmiendo en Shutterstock

Soy Lucy, diseñadora, mexicana y una mamá millennial. Soy madre de una pequeña de tres años de nombre Lucía, a quien cariñosamente llamo Little Monster en el blog. Tomo la maternidad con una taza de té y mucho sentido del humor. Comer, leer, dormir y escribir son mis placeres.

This article has 1 comment

  1. Marta

    Jo… yo tampoco estoy nada preparada para el fin del colecho, al igual que tampoco estoy preparada para el fin de la lactancia.. son dos cosas qud te llenan de amor por tu hija/o… 🙁 te entiendo perfectamente y ojala nunca tendriamos que soltarlos de la mano . Muchos besos , soy nueva en tu blog

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