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Quedarme en casa con mi hija no me hace menos feminista

Desde que era una niña siempre supe que estudiaría una carrera para luego ser una mujer trabajadora. Veía los ejemplos de mi madre y mi abuela materna, ambas maestras y mujeres que trabajaban fuera de casa. Creo firmemente que las mujeres podemos cambiar el mundo y que tenemos la capacidad intelectual para poder trabajar y ser líderes igual o mejor que un hombre (y digo esto sin intenciones de hacerlos menos a ellos). En pocas palabras, crecí siendo feminista. Defiendo, apoyo y aplaudo a la mujer para que siga sus sueños, para que estudie, aprenda, siga mejorando día con día y se supere a sí misma. Para que seamos independientes, educadas, capaces y sobre todo, libres para decidir. Me siento orgullosa de ser mujer y de ver lo lejos que hemos llegado gracias a aquellas primeras valientes feministas. Pero hubo un pequeño error, al menos en mi opinión, en este largo camino que se ha recorrido en favor de las mujeres, y creo que ocurrió en cómo se fue quizás alterando y aplicando la definición de feminismo a través de los años.
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¿Realmente se embracilan los bebés?

"No la cargues, se va a embracilar". Uuuuy, cómo odiaba que me dijeran eso cuando recién nació Little Monster. "Si la acostumbras a estar siempre en tus brazos al rato no vas a poder hacer nada porque no va a querer que la sueltes", "la vas a hacer muy insegura", "no va a querer estar con nadie mas que contigo", etcétera, etcétera. Como mamá primeriza, nerviosa y con miedo de equivocarme, los primeros días hacía caso de estos consejos. Veía a mi pobre hija que lloraba porque no se podía dormir en su moisés, pero "tenía" que dejarla un ratito para que no se acostumbrara a que con sólo llorar un poco vendría mamá corriendo al rescate. Al principio obedecía como si la mentada embracilada en verdad fuera lo peor del mundo, por supuesto que no quería echar a perder a mi hija. Después de un par de días, me costaba un poco de trabajo hacerlo y empecé a repetirme a mí misma: "déjala un ratito, no le pasará nada, que no se acostumbre para que puedas hacer tus cosas", una y otra vez, como si estuviera memorizando las tablas de multiplicar. Yo creo que no pasaron ni diez días después que nació mi hija, cuando gracias a mi personalidad acuariana dije "¡A la ch*ngada la embracilada, es mi hija y la quiero abrazar!".
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