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Por qué ir a terapia me hace mejor madre

“¡Pero si la terapia es para los que están locos!” – lo que piensan muchas personas que evidentemente, necesitan terapia.

Voy a terapia con una psicóloga desde hace dos años. Pasé muchísimos años de mi vida pensando algo muy similar a esa famosa frase que acabo de citar al inicio de este post. “¿Terapia? ¡Si no estoy loca! Soy una persona completamente sana y no lo necesito.” ERROR.

Ahora, no es que esté loca ni tenga algún trastorno extraño tipo psicópata. Simplemente, como cualquier mujer con sentimientos e imperfecciones, decidí que mi salud mental también es importante. En realidad, nuestra salud mental siempre debería ser lo más importante, porque el poder que tiene nuestro cerebro es verdaderamente im-pre-sio-nan-te.

Les cuento:

Comencé a ir a terapia hace dos años a raíz de una crisis existencial tipo “No sé qué hacer con mi vida”. Me sentía muy confundida y perdida. Mi ansiedad, esa que había padecido toda la vida, no ayudaba a mejorar mi situación. Así que a terapia voy.

Al principio iba a consulta cada semana, era muy extraño porque cuando vas a terapia llegas a una habitación a hablar con una completa extraña acerca de tu vida. Al inicio es difícil, pero con el tiempo vas soltándote hasta que ese cuarto y ese sofá se vuelven un lugar seguro. Comienzas a depositar todos tus miedos, dudas, tristezas, alegrías, absolutamente todo lo que pasa por tu mente.

Con el paso del tiempo, mis visitas con la psicóloga fueron espaciándose. Primero cada quince días, después cada mes, hasta hoy en día, que voy cada 3 o 4 meses. He logrado avanzar tanto y soy una mujer tan, pero tan distinta a la que era hace dos años, que casi no me la creo.

¿Recuerdan mi ansiedad, esa que les dije que había padecido toda mi vida? Desapareció. Se esfumó por completo. No sé bien en que momento salió volando por la ventana, pero lo hizo para -espero- nunca volver. Creo que hace un año aún formaba parte de mi vida. Ahora esos pensamientos de inseguridad y miedos, provocados por ella, se han desvanecido.

Mi ansiedad no venía sola. Venía con un fiel compañero llamado estrés. Ese bendito estrés que a todos nos alcanza en algún punto. No mentiré, aún me estreso, pero ya no es algo que literalmente me quite el sueño. Hoy me siento una mujer más segura y cómoda conmigo misma, aquellos temores y dudas que tanto me atormentaban desaparecieron y me he vuelto mucho más clara y objetiva acerca de lo que quiero.

¿Y cómo me ayuda la terapia a ser mejor madre?

Siempre he pensado que si mamá está bien, sus hijos también lo estarán. Ser una mamá más confiada hace que dude mucho menos de mi capacidad como madre. La terapia me hizo entender que las cosas no siempre van a ser como yo las pienso y eso está bien.

Mi “gran transformación” ocurrió este año. Hace algunos meses les contaba que padecía depresión y que esto me había traído algunos momentos muy oscuros en mi vida y mi mente. Desde luego mi maternidad se vio afectada por esta depresión. Me volví muy impaciente y llegué a darle importancia a personas que no valían la pena.

Hoy es muy distinto y hay muchas cosas que he descubierto gracias a la terapia. Una de ellas es que el hecho de que tú seas buena persona, no quiere decir que los demás lo serán. Al principio no lo entendía, me costaba mucho trabajo debido a que no entendía porqué algunas personas actuaban de forma malévola. Hoy comprendo que no debo tratar de entender sus motivos y que no está en mí cambiar a esas personas. Lo más sano es alejarse y no permitir que sus acciones y palabras nos hagan daño.

Ahora sé que simplemente existe gente mala en el mundo, sea por la razón que sea. Y eso me ayuda a preparar a mi hija para criarla como una mujer fuerte y segura, pero amable y comprensiva. Sé que no puedo protegerla de las personas malas que vayan a cruzarse en su vida, pero por lo menos puedo prepararla para ello.

La terapia me ha ayudado también a ser más paciente, en todos los aspectos de mi vida. Antes, cuando estaba dominada por mi ansiedad, siempre tenía prisa y me estresaban cosas sin importancia. Ahora no tengo ninguna prisa, si las cosas me salen bien, excelente, y si no, pues veo qué puedo cambiar o mejorar, pero sin enfadarme.

Básicamente siento que tengo una personalidad el triple de Zen que antes. No permito que la opinión de otros me altere ni me afecte, aprendí que la gente que hace daño es porque tiene otros problemas más graves que yo y debo desearle lo mejor, porque lo necesita. Si alguien intenta provocarme o hacerme enfadar, no me interesa, pues ahora le doy a las personas y situaciones la importancia real que se merecen.

Yendo a terapia también aprendí a canalizar mejor mis energías. Simplemente no tengo tiempo ni interés por saber qué hacen los demás. Por ejemplo, antes perdía mucho el tiempo por ver el drama que hay dentro del mundo bloguero. Ahora no me interesa nada de eso, ni las indirectas, ni acusaciones ni lo que hagan o dejen de hacer. Yo hago mi trabajo, procuro hacer siempre el bien y ayudo siempre que me lo pidan y permitan. Si alguien me da mala espina, me alejo de manera discreta.

La terapia hoy se ha convertido en un espacio donde puedo hablar libremente de lo que sea, a veces acompañada de risas y un par de tazas de té. Definitivamente después de la terapia siento que vivo una maternidad más relajada, claro, aún con sus momentos de estrés y caos, pero sin duda la disfruto más y busco siempre lo positivo. No tengo prisa y me maravillo con cada cosa que sucede en la vida de mi hija. Estoy completamente segura de que ahora soy una mejor mamá.

Foto: Mujer en terapia de Shutterstock

Soy Lucy, diseñadora, mexicana y una mamá millennial. Soy madre de una pequeña de tres años de nombre Lucía, a quien cariñosamente llamo Little Monster en el blog. Tomo la maternidad con una taza de té y mucho sentido del humor. Comer, leer, dormir y escribir son mis placeres.

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